viernes, 27 de enero de 2017

EL TRABAJO PSICOANALÍTICO Y EL CAMPO JURÍDICO EN LOS CASOS DE ABUSO SEXUAL INFANTIL

Niños ultrajados, niños indignados
La autora analiza la posición del psicoanalista ante la consulta por abuso, pone el foco en la solicitud de revinculación del niño o joven con el familiar sospechado de ser el maltratador o abusador y destaca la necesidad de mantener la heterogeneidad entre el acto jurídico y el acto del terapeuta.
Por Liliana Donzis *
Según informes de Unicef, cada hora, es decir cada 60 minutos, 228 niños de América Latina son abusados sexualmente. La mayor parte de los abusos y actos violentos provienen de instancias intrafamiliares.
Ningún niño está en condiciones de dar consentimiento a estas prácticas, pero no siempre conoce o sabe qué hacer ante  esas demandas de sometimiento.
¿Cuál es la posición del psicoanalista ante la consulta por abusos, violaciones y aquellas circunstancias en las que un progenitor presiona sobre su hijo para desacreditar la denuncia e incluso el inicio de un  tratamiento analítico? ¿Cuál es la incidencia del acto analítico cuando en  casos extremos los niños están al servicio del hostigamiento de un familiar?
Por otra parte, ¿cómo respondemos ante la solicitud de revinculación solicitadas al psicoanalista de un niño con el familiar del que se sospecha, y muchas veces es una suposición cierta, que hubo maltrato, violencia y abuso de cualquier índole incluido el sexual? Demandas de revinculación que surgen luego de las medidas de abrigo sugeridas –abstención de contacto– entre el niño y el acosador.
La clínica psicoanalítica ofrece un espacio para los padecimientos del niño y el púber que están sometidos a situaciones que degradan su subjetividad, niños que entre cuero y carne están atrapados en diferentes formas de maltrato y abusos –pornografía infantil, obligación de consumir drogas para delinquir– que  atentan contra su dignidad cada día. Muchas de estas situaciones, casi siempre silenciadas, corresponden a delitos de diverso grado y se dan a conocer a través  de denuncias en la justicia, en la vida escolar, en las consultas pediátricas, en la urgencia médica y es por medio de estas vías que pueden llegar al psicoanálisis, momento clave en el cual la práctica clínica nos interpela a tomar alguna posición, ya que  desde  lo real del  padecimiento interrogan  nuestro quehacer. Otros discursos y disciplinas operan en el campo en el que están involucradas estas situaciones así como también están presentes los padres, la familia, los abusadores, apropiadores, pedófilos y aun quienes comercian con los cuerpos infantiles. En muchas ocasiones nos encontramos que el incesto y el abuso sexual intrafamiliar está sofocado  y acallado. Nos inquieta y sorprende, estamos advertidos de que es el niño quien denuncia de diferentes formas su situación  para intentar salir de esos circuitos.
Cuando un niño deja de callar, cuando dice algo, este algo hace escritura, y por consiguiente también es una forma de corte. El decir es un acto que da lugar a una nueva escritura y a una nueva posición del sujeto. Cuando sale del silencio, al que casi siempre está obligado, el niño transforma el sometimiento en enojo e indignación, y este es un paso para recobrar su dignidad.
El psicoanalista escucha al niño tanto en lo que dice con palabras como en lo que  expresa con  juegos y dibujos, y enmarcado  por su  ética propicia la emergencia del sujeto y la reconstrucción de la subjetividad. El niño ultrajado deletrea su historia y frecuentemente se indigna ante su dramática para acceder lenta pero convincentemente a tomar distancia de la alienación en la que estuvo sometido. Son tiempos de análisis muy dolorosos para el niño, pueden implicar pérdidas, y por ende la tramitación de un duelo de lo que significaron y fueron hasta poco tiempo antes familiares o personas de su cotidianeidad. Dicho de otro modo, no es sencillo que un niño o un joven asuman  que el padre, la madre, algunos familiares o amigos constituyen inquietantes abusadores o espectadores indiferentes de su drama.
Es importante aclarar que es la familia o alguno de los padres quienes pueden poner al descubierto, en la intimidad del consultorio, la herida que dejó abierta el ultraje de la dignidad del niño.  No es fácil pero es ineludible y asimismo puede conllevar un tiempo de trabajo situar y resituar el saber en el lugar de la verdad.
Estos son algunos de los motivos por los cuales la intervención del analista no es homóloga a la de los otros profesionales intervinientes, como por ejemplo los peritos psicólogos forenses, los letrados jurídicos, y aun los equipos que trabajan en los juzgados que se encargan de  dilucidar la problemática. Es menester recordar que el maltrato a los menores, el abuso en sus diferentes formas, el proxenetismo y la pornografía infantil constituyen delitos en los diversos sistemas jurídicos de nuestra cultura.
¿La labor del psicoanalista puede tejerse en la intersección entre lo privado y lo público,  entre lo jurídico y la subjetividad?
El psicoanalista no aplica protocolos estandarizados sino que se instituye en la emergencia de la palabra en el reabrir y elaborar  las escenas oscuras de la violencia  intrafamiliar en las que el niño estuvo cautivo. La escena analítica es el soporte del  niño quien al jugar, dibujar y escribir teje y reteje lo traumático, cuestión crucial, porque permite situar lo íntimo de cada niño y de cada historia así como también las enhebra en el encaje instituido entre el  lenguaje y las pulsiones.
Hemos comprobado que cuando estamos convocados a intercambiar la experiencia a través de informes o reuniones con el estamento judicial, las defensorías de menores y otras instancias tanto educativas como sociales nuestro enfoque es muy bien recibido y me ha sorprendido favorablemente la buena expectativa con la que son trabajados  operando como documentos útiles para evaluar y tomar decisiones judiciales. La experiencia me ha demostrado la enorme utilidad del trabajo psicoanalítico ya que, gracias a él,  en caso de tener que acudir al estrado muchos niños se ubican en mejores condiciones para exponer su decir. Así como también he advertido que el niño es escuchado cuando sus  expresiones están  asentadas en su singularidad  y su mundo.
Desde la práctica clínica
Entre el campo jurídico y el trabajo psicoanalítico hay diferencias de fundamento, el acto jurídico y el acto analítico difieren por estructura pero básicamente porque el sujeto al que apunta el derecho no es el sujeto del inconsciente puesto a punto por Freud. Las interacciones,  no siempre exitosas,  conllevan  distancias discursivas  notables.
En nuestro nuevo Código Civil existe la disposición de escuchar al niño y sus reclamos. Ahora bien, es menester señalar que, en este punto, hay una proximidad entre lo jurídico y la posición analítica al situar al niño como sujeto, aunque esta cercanía no suponga una equivalencia entre el acto jurídico y el acto del psicoanalista. Entiendo que es importante mantener esta heterogeneidad para no confundir cada campo y las demandas que podemos formular en cada uno de ellos. Esta cuestión merece un estudio minucioso pero al menos vale mencionar que las normas que el discurso jurídico auspicia considerando al niño como sujeto de derecho no son de la misma estofa que la letra que surge del sujeto en su decir pues en este talla el inconsciente así como las marcas del deseo y del goce.
Si las normas positivas aspiran a sentar  una base para todos y cada uno, el psicoanálisis se asienta en el no todo, gracias a lo cual lo singular no es generalizable. Estas distinciones no impiden eventuales interacciones y obviamente no se trata de ninguna prioridad discursiva.
Pero, malgre tout, algo del funcionamiento permite que el sujeto, aunque apuntemos a emergencias diferentes, se ponga en juego. Persona jurídica y sujeto del inconsciente  operan entre saber y verdad aun cuando existan  divergencias. Se trata de un saber y una verdad cuestionada y subvertida. El psicoanálisis, su práctica, se asienta en el acto analítico, el acto del analista que deja de lado el poder, el único poder con el que cuenta es la palabra que se enlaza en la transferencia. El sujeto no es una ficción concerniente a la persona sino que es producto de la operación metafórica, es una emergencia del discurso, surge entre significantes y la represión es una operación que permite situar el inconsciente en su retorno mismo. No obstante, desde el campo jurídico reclaman nuestra intervención e interpretación. Cada vez y con cada niño nuestra posición es escuchar su historia, su singularidad, su deseo y su entramado familiar. Nuestra ética, lejos de dar respuestas generalizadoras, escucha al niño y al joven para que de sus palabras y su padecimiento surjan las hebras de su verdad y por ende es desde allí que surge la orientación de la cura.
El malestar de la cultura actual sitúa al niño ante la ley y nos invita a reflexionar sobre diferentes  las problemáticas que conllevan algún cruce entre la ley jurídica y la ley que Freud tematizó como correlato de  la prohibición del incesto.
Algunas experiencias pueden ilustrar la posición del analista ante situaciones de difícil resolución, por ejemplo si lo que el derecho denomina “revinculación” es posible e incluso si es terapéutico. Cuando es pertinente estimular y elaborar la conflictiva presentada en vistas a generar encuentros y cuando los encuentros conciernen a revictimizar o reforzar lo traumático en el niño en situaciones en las que se sospecha de abuso u otras acciones que vulneran la subjetividad del niño. En  estas situaciones ¿son aconsejables los reencuentros?
El ex juez Dr. Carlos Rozanski ha manifestado más de una vez, en escritos memorables y claros que “... una vez establecida la sospecha lógicamente la justicia aparta al sospechoso con el fin de proteger integralmente a las criaturas víctimas. En la mayoría de los casos, se presenta entonces como estrategia solicitar una revinculación con el presunto abusador. Es evidente que dicha medida busca como meta influenciar a la víctima, ya que su vulnerabilidad se multiplica ante esa revinculación forzada que logran algunos acusados”.1
En una ocasión recibí una consulta en la que solicitaban ayuda psicológica en pos del restablecimiento del vínculo materno filial pues  los hijos  fueron alejados de la madre. En otro análisis que llevé adelante con una niña que fue abusada por su padre me consultan en cierto momento de su tratamiento por la revinculación con este. El primero  concernía  a la apropiación de tres hijos por parte de uno de los  padres,  quien en clara oposición, hostilidad y agresión contra su ex pareja tomó a sus hijos pequeños induciéndoles a mantener una marcada aversión contra la madre, desestimando su figura con falsedades y hostigamiento. Los niños culminan conviviendo con el padre,  manteniendo un alejamiento real con la madre. Sin visitas ni acercamiento alguno. La madre inicia acciones legales para la restitución de los hijos a su hogar luego de efectuar  reclamos personales al padre y en diferentes mediaciones. Dada la corta edad de los niños, ellos no pudieron decidir qué hacer. El padre apropiador impidió todo contacto, incumplió con lo propuesto por los juzgados de familia intervinientes así como con las  recomendaciones  terapéuticas. El impedimento de contacto con el padre no conviviente  se extendió  durante varios años.
Esta es una situación en la que la revinculación fue pertinente y necesaria, permitiendo  reanudar la estructura familiar y por ende el porvenir de los hijos. Hubo que trabajar especialmente la disposición de los niños deslindando y diferenciando su problemática  de las dificultades que oportunamente atravesaron  los padres, dicho de otro modo, evitar que se convirtieran nuevamente en el espacio y el objeto de la disputa o controversia.
La fantasmática de la pareja parental excede pero también incide en los síntomas que presenta cada hijo. Como nos planteó Lacan, el síntoma del niño es efecto de  la verdad de la pareja parental. En muchas ocasiones, alguno de los padres desacredita la tarea llevada a cabo o trata de imponer sus  directivas. Inclusive llegan a no aceptar que sus hijos tengan madre y padre. La oposición y el deseo de dialogar entran en conflicto produciendo manifestaciones de angustia, así como un abanico de síntomas.
Ahora bien, ¿por qué un niño que tiene recursos simbólicos y habilidades se esfuerza por ocultar situaciones de este tipo?
Uno de los niños con quien mantuve entrevistas falseaba la situación para evitar que se cumplan las amenazas parentales. Atrapado en circunstancias que bordeaban lo criminal, fue muy difícil que el niño se expresara, invadido por el terror de una amenaza mortal si simplemente veía a la madre. Freud planteó que el trauma no es necesariamente un episodio realmente acontecido sino que lo traumático se construye sobre el eventual episodio. La herida es lenguaje.
Una niña abusada por su padre a los dos años de edad pudo mostrar a su madre que tenía la cola mojada, situación que sucedía en los momentos en que la madre salía a trabajar. La niña se mostraba muy inquieta cada vez que la mamá no estaba o cuando se quedaba con su padre, pero no podía explicar que sucedía, sin embargo se hacía escuchar mostrando la cola. Es importante destacar que la angustia de la niña tenía un motor y pudo explicitarlo a su modo. Fue evidente que era manoseada, vulnerada, abusada. Realizada la denuncia, se impuso legalmente la abstención de contacto con el padre. La madre se separó de este. No escatimó su esfuerzo en poner esa distancia. El padre de la niña adujo que la acusación era infundada y que la ex esposa estaba confundida. Es muy frecuente que ante una denuncia el abusador alegue locura o enfermedad en el denunciante.
Pudo constatarse que los hechos eran reales. El abuso era innegable. Fue una niña de dos años quien puso a cielo abierto la situación aberrante.
¿Podrá volver a encontrarse con su padre alguna vez?
Este caso es a todas luces un abuso agravado por el vínculo, dicho en otros términos, el padre tuvo un intento de  incesto. Un tiempo después  el padre solicita  revincularse con su hija. Dice extrañarla y que la ama. Según mi criterio, es preferible que la niña no sume nuevos efectos traumáticos. No es aconsejable el contacto con el padre aunque este siga negando todo abuso y argumente que fue acusado sin causa. Esta negación del padre, mas allá de la estrategia de defensa esgrimida por sus abogados,  implica de su parte  una operación de renegación, Freud lo denominó perversión.
Sin desmedro de las modalidades propuestas por diferentes especialistas en el tema para este tipo de contacto parental, estimo que el mismo no es posible y que requiere de mucho cuidado y tino para no revictimizar a la niña, quien ya fue expuesta a situaciones muy delicadas. El padre solicita levantamiento de su pena judicial. Pero esto implica una pena para la hija.
Ahora bien, la niña perdió a su padre, quien abusó de ella, y aunque lo vuelva a ver nunca podrá  mirarlo sin pudor, ni sin agravio. Los daños fueron y son múltiples, su dignidad se vio afectada y su necesidad de contar con un padre y su función también. Motivo por el cual podemos decir que es un daño en la subjetividad y sin duda afecta la decisión que pueda tomarse.
Preservar a los niños en relación a un padre implica que la función paterna se pueda simbolizar y no alcanza con paliativos. La figura del familiar abusador y apropiador queda marcada y es inolvidable. Las consecuencias de las heridas no prescriben. Pero los niños pueden tomar la palabra y manifestar de distintos modos su indignación.
¿Es posible reinventar un padre sin negar la existencia del abuso? El trabajo sobre el duelo y  la pérdida es, en estos casos,  un paso necesario e imprescindible.
* Psicoanalista. Miembro de la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Integrante de Reuniones de Psicoanálisis Zona Sur. Este texto es una ampliación de una clase del seminario Niños en Riesgo-  Elsigma.com
1 Citado por Luciana Peker.  La revancha. Diario Página/12, Las 12. 4 de julio de 2014

martes, 13 de octubre de 2015

SE CUESTIONA LA EFICACIA DE LOS FÁRMACOS ANTIPSICÓTICOS

Un nuevo hallazgo ha hecho saltar la voz de alarma sobre la eficacia de los fármacos antipsicóticos de segunda generación, habitualmente utilizados en trastornos como la esquizofrenia u otros trastornos esquizoafectivos, y entre los que se encuentran el aripiprazol, la iloperidona, la olanzapina, la paliperidona, la quetiapina, la risperidona, la inyección de risperidona de larga duración o la ziprasidona. Tal y como ha publicado un estudio de la revista PLoS Medicine, la aparente efectividad clínica de estos fármacos puede estar influida por el denominado sesgo de publicación, que consiste en la tendencia a la publicación selectiva de ensayos clínicos favorables en revistas científicas, en detrimento de los ensayos que no han obtenido dichos resultados.

El estudio, titulado Publication Bias in Antipsychotic Trials (Sesgos de publicación en ensayos sobre antipsicóticos), ha comparado los ensayos clínicos registrados en la base de datos de la agencia encargada de la aprobación de la comercialización de medicamentos en EE.UU. (U.S. Food and Drug Administration, FDA) con los ensayos finalmente publicados en revistas científicas. De los 24 ensayos clínicos realizados antes de la comercialización de los fármacos y registrados en la FDA, al menos 4 ensayos no han sido aprobados para su publicación, mostrando todos ellos resultados negativos sobre la eficacia de los antipsicóticos analizados. En concreto, 3 de estos ensayos no encontraron diferencias clínicamente significativas entre el antipsicótico en cuestión y un placebo, y un estudio encontró que el nuevo antipsicótico era incluso significativamente menos eficaz que otro fármaco menos costoso.
Al analizar el total de 20 ensayos publicados en revistas científicas, los autores de la investigación advierten de la existencia de unsesgo en la dirección de ensalzar las propiedades terapéuticas de los antipsicóticos analizados y enmascarar los resultados negativos. Por ejemplo, aunque los estudios que analizaron la eficacia de un nuevo antipsicótico, la iloperidona, encontraron que su eficacia era significativamente inferior a la de otros tres psicofármacos presentes en el mercado, esta información fue, paradójicamente, omitida en los artículos finalmente publicados en las revistas correspondientes.
Los autores establecen que, aunque los sesgos de publicación que han encontrado en la literatura científica sobre los nuevos antipsicóticos no son tan notorios como los encontrados en estudios similares sobre antidepresivos, los resultados ponen en evidencia que no se está aportando toda la información a la comunidad científica, ni con la precisión que se requiere, a pesar de la transcendencia que tiene a la hora de determinar las decisiones clínicas en el tratamiento de las personas afectadas. Asimismo, señalan la necesidad de ampliar los estudios sobre sesgos de publicación en este campo, con el objetivo de comprender la verdadera magnitud del problema.
Los resultados encontrados hasta el momento por este grupo de investigación, dirigido por Erick H. Turner, siembran de nuevo la duda sobre los intereses que hay detrás de los ensayos clínicos, subvencionados, en su inmensa mayoría, por las propias industrias farmacéuticas. De confirmarse la existencia de más estudios sobre la ineficacia de los fármacos antipsicóticos frente a un placebo, la validez del modelo farmacológico que impera en nuestros días para tratar los trastornos mentales no se sostendría bajo ningún argumento científico ni ético.

Tal y como publicaba hace unas semanas Infocopno es la primera vez que se pone en duda el tratamiento farmacológico en salud mental, ni que se advierte sobre el peligro de que la industria farmacéutica haya comenzado a adquirir demasiado poder e influencia en la forma de determinar qué es lo que puede considerarse enfermedad mental y cómo tratarla (ver aquí). Prestigiosos científicos e investigadores, de muy diferentes ramas de la ciencia, han manifestado abiertamente sus críticas a este respecto. Así, Daniel Carlat, conocido psiquiatra de EE.UU, ha aportado datos objetivos que muestran las peligrosas alianzas entre la psiquiatría y las empresas farmacéuticas (más información aquí) y Robert Whitaker ha publicado un libro en el que, basándose en los hallazgos sobre los daños irreparables en el cerebro que produce el consumo de antipsicóticos a largo plazo, reflexiona sobre la conveniencia de este tipo de intervención en salud mental (más información aquí).
Fuente:

jueves, 23 de abril de 2015

LA RESPONSABILIDAD EN EL NIÑO Y EN EL ADOLESCENTE

FUNDACIÓN PARA EL DESARROLLO HUMANO CON SENTIDO SOCIAL

Invitan al conversatorio sobre:

LA RESPONSABILIDAD EN EL NIÑO Y EN EL ADOLESCENTE

“… Algunos filósofos y pedagogos sostienen que la libertad es la base de la responsabilidad. Sartre pensaba que la libertad era una carga que le producía horror al individuo. No sabía qué hacer con ella. En todo caso, si hay otros que deciden en lugar del sujeto, si este no es libre, es difícil responsabilizarlo por sus actos…”
“…Aquella a la que apela un sujeto al sentirse responsable de determinada consecuencia de sus actos. Es un sentimiento ético, que paradójicamente Freud señala como un sentimiento inconsciente. El lazo social en el cual el sujeto se forma supone que funda un sujeto capaz de responder por sus actos…”

Fecha: jueves 30 de abril de 2015.
Hora 5 pm.
Lugar Por confirmar.


Cupos Limitados, confirme su asistencia al celular 304 683 95 96,

Email: fundehuss@gmail.com,   gonzalomarulanda@gmail.com

miércoles, 15 de abril de 2015

ALGUNAS LECCIONES ELEMENTALES DE PSICOANÁLISIS Sigmund Freud

1938 [1940]

Un autor que se propone introducir alguna rama de conocimientos -o para decirlo más modestamente, alguna rama de la investigación- a un público no instruido debe hacer claramente su elección entre dos métodos o técnicas.

Es posible partir de lo que cualquier lector sabe (o piensa que sabe) y considera como evidente en sí mismo sin contradecirlo ya desde el comienzo. Pronto se presentará una oportunidad para Ilamar su atención sobre algunos hechos en el mismo campo, que aunque le son conocidos, ha descuidado o ha apreciado imperfectamente. Empezando con ellos, uno puede introducir más hechos ante él de los que no tiene conocimiento y prepararlo así para ir más allá de sus primeros juicios, para buscar nuevos puntos de vista y tomar en consideración nuevas hipótesis. Por este camino se le puede llevar a tomar parte en la edificación de una nueva teoría acerca del sujeto y se pueden conocer sus objeciones a ella durante el curso del trabajo en común. Un método de esta clase podría llamarse genético. Sigue el camino que el propio investigador ha seguido antes.  A despecho de todas sus ventajas, tiene el defecto de no hacer una impresión demasiado contundente sobre el que aprende. No quedará tan impresionado por algo que ha visto surgir a la existencia y pasar por un difícil período de crecimiento como lo sería por algo que se le presentara ya hecho como un total aparentemente cerrado.

Es precisamente este efecto último el que produce el método alternativo de presentación. Este otro método, el dogmático, empieza por plantear sus conclusiones. Sus premisas exigen la atención y la fe de la audiencia y en apoyo de ellos se aduce muy poco.

Y entonces existe el peligro de que un oyente crítico sacuda su cabeza y diga: «Todo esto suena de un modo muy peculiar; ¿de dónde lo ha sacado este tipo?»
En lo que sigue no me limitaré a ninguno de los dos métodos de presentación. Usaré unas veces uno, otras otro. No me hago ilusiones acerca de la dificultad de mi tarea. EI psicoanálisis tiene pocas probabilidades de hacerse querido o popular. No es sólo que mucho de lo que tiene que decir ofenda los sentimientos de la gente. Casi una similar dificultad es creada por el hecho de que nuestra ciencia abarca un  cierto número de hipótesis -es difícil decir si deberían ser consideradas como postulados o como producto de nuestras investigaciones- que están expuestas a parecer muy extrañas a los modos ordinarios de pensamiento y que fundamentalmente contradicen los puntos de vista corrientes. Pero no se puede evitar esto. Hemos de empezar nuestro breve estudio con dos de esas arriesgadas hipótesis.

La naturaleza de lo psíquico EI psicoanálisis es una parte de la psicología. También es descrito como «psicología profunda» -más tarde descubriremos por qué-. Si alguien pregunta lo que realmente significa «lo psíquico», es fácil replicar enumerando sus constituyentes: nuestras percepciones, ideas, recuerdos, sentimientos y actos volitivos, todos ellos forman parte de lo psíquico. Pero si el interrogador sigue más adelante y pregunta si no hay alguna cualidad común poseída por todos esos procesos que haga posible llegar más cerca de la naturaleza o, como la gente dice a veces, de la esencia de lo psíquico, entonces eso es más difícil de contestar.

Si una pregunta análoga se le plantea a un físico (en cuanto a la naturaleza de la electricidad, por ejemplo), su respuesta hasta hace muy poco tiempo hubiera sido: «Con el fin de explicar ciertos fenómenos suponemos la existencia de fuerzas eléctricas que se hallan presentes en las cosas y emanan de ellas. Estudiamos esos fenómenos, descubrimos las leyes que los gobiernan y disponemos de ellos para usarlos. Esto nos satisface provisionalmente. No conocemos la naturaleza de la electricidad. Tal vez la descubramos un día conforme nuestro trabajo progrese. Hemos de admitir que lo que ignoramos es precisamente la parte más importante e interesante de toda la cuestión, pero por el momento esto no nos preocupa. Así ocurren sencillamente las cosas en las ciencias naturales.»

La psicología también es una ciencia natural. ¿Qué otra cosa puede ser? Pero su caso es diferente. Nadie es bastante atrevido para emitir juicios acerca de cuestiones físicas; pero todo el mundo -el filósofo y el hombre de la calle por igual- tiene su opinión sobre los problemas psicológicos y se comporta como si por lo menos fuera un psicólogo amateur. Y ahora viene lo notable. Todo el mundo -o casi todo el mundo- está de acuerdo en que lo psíquico tiene realmente una cualidad común en la cual se expresa su esencia: la cualidad - única, indescriptible, pero no necesitando descripción- de ser consciente. Todo lo que es consciente, dicen, es psíquico, y, al contrario, todo lo que es psíquico es consciente; esto es evidente, y contradecirlo es un disparate. No puede decirse que esta decisión arroje mucha luz sobre la naturaleza de lo psíquico, porque la  conscienciación es uno de los hechos fundamentales de nuestra vida y nuestras investigaciones tropiezan con ella y no pueden encontrar un camino detrás. Además, la equiparación de lo que es psíquico con lo que es consciente tuvo el indeseable resultado de divorciar los procesos psíquicos del contexto general de los acontecimientos en el universo y de colocarlos en completo contraste de todos los demás. Pero esto no sería así, puesto que no se podría pasar por alto el hecho de que los fenómenos psíquicos dependen en alto grado de influencias somáticas y por su parte tienen los más potentes efectos sobre los procesos corporales. Si alguna vez el pensamiento humano se ha encontrado en un callejón sin salida, es aquí. Para encontrar una salida los filósofos se vieron obligados a suponer que existían procesos orgánicos paralelos a los procesos psíquicos conscientes, relacionados con ellos de un modo difícil de explicar, que actuaban como intermediarios en las relaciones recíprocas entre «cuerpo y mente», lo cual sirvió para reinsertar lo psíquico en la textura de la vida. Pero esta solución resultaba insatisfactoria.

EI psicoanálisis escapó a dificultades de este tipo negando enérgicamente la equiparación de lo psíquico y lo consciente. No; el ser consciente no puede ser la esencia de lo que es psíquico. Es sólo una cualidad de lo que es psíquico, y desde luego una cualidad inconstante, que se halla muchas más veces ausente que presente. Lo psíquico, sea cualquiera su naturaleza, es por sí mismo inconsciente y probablemente de una clase similar a todos los demás procesos naturales de los que tenemos algún conocimiento.

El psicoanálisis basa sus afirmaciones en un cierto número de hechos de los que daré ahora una selección.

Sabemos a lo que nos referimos cuando decimos que a uno «se le ocurren» algunas ideas-pensamientos que aparecen súbitamente en la consciencia sin que percibamos los pasos que llevaron a ellos, aunque también han debido ser actos psíquicos. Puede incluso suceder que lleguemos por este camino a la solución de algún problema intelectual difícil que antes, durante algún tiempo, se había burlado de nuestros esfuerzos. Todo el complicado proceso de selección, rechazo y decisión que ha ocupado el intervalo se ha hallado fuera de la consciencia. No es ninguna nueva teoría el decir que eran inconscientes y tal vez también continuaron siéndolo.

En segundo lugar, tomaré un sencillo ejemplo para representar una clase inmensamente grande de fenómenos. El presidente de una corporación pública (la Asamblea de los Diputados del Parlamento de Austria) en una ocasión abrió una sesión con las siguientes palabras: «Me doy cuenta de que se halla presente un número suficiente de diputados, y por tanto, declaro la sesión terminada.» Fue un desliz verbal, porque no hay duda de que lo que el presidente quería decir era «abierta». ¿Por qué entonces dijo lo contrario? Esperamos que se nos dirá que fue un error accidental, un fracaso al realizar una intención, como puede suceder fácilmente por diversas razones: no tenía ningún significado, y en cualquier caso los contrarios se sustituyen uno por otro con facilidad. Pero si tenemos en cuenta la situación en que ocurrió el desliz verbal, nos inclinaremos a preferir otras explicaciones. Muchas de las anteriores sesiones de la Asamblea habían sido desagradablemente tormentosas y no habían realizado nada, de modo que resultaba natural que el presidente pensara en aquel momento al hacer su manifestación pública: «¡Si la sesión, que está en sus comienzos, se hubiera acabado!… ¡Me gustaría más levantarla que abrirla!» Cuando empezó a hablar, probablemente no se daba cuenta de este deseo -no era consciente para él-; pero se encontraba ciertamente presente y pudo manifestarse, contra la voluntad del que hablaba, en su aparente equivocación. Un solo ejemplo no puede permitirnos decidir entre dos explicaciones diferentes. Pero ¿qué diríamos si todas las equivocaciones verbales pudieran ser explicadas de la misma forma y del mismo modo, y también todas las equivocaciones escritas, todo error al leer o al oír y todas las acciones equivocadas? ¿Qué diríamos si en todos estos ejemplos (podríamos decir sin ninguna excepción) fuera posible demostrar la presencia de un acto psíquico -un pensamiento, un deseo o una intención- que explicaría la aparente equivocación y que era inconsciente en el momento en el que se realizó, aunque haya podido ser previamente consciente? Si esto fuera así, no sería ya realmente posible seguir negando el hecho de que existen actos psíquicos que son inconscientes y que incluso a veces son activos mientras son inconscientes, e incluso en este caso pueden a veces influir considerablemente en las intenciones conscientes. La persona que ha sufrido una equivocación de esta clase puede reaccionar a ella de varias maneras. Puede pasarla completamente por alto o puede percibirla y quedar confusa y avergonzada. Por lo regular no puede encontrar la explicación por sí misma y sin ayuda ajena, y con frecuencia rehúsa a aceptar la explicación cuando se Ie coloca ante ella por lo menos durante algún tiempo.

En tercer lugar, finalmente, es posible, en el caso de personas en estado hipnótico, probar experimentalmente que existen cosas como los actos psíquicos inconscientes y que la conscienciación no es una condición indispensable para la actividad (psíquica).

Cualquiera que haya presenciado uno de estos experimentos recibirá una impresión inolvidable y una convicción que nunca será quebrantada. Esto es, poco más o menos, lo que ocurre. EI médico entra en la sala del hospital, apoya su paraguas en el rincón, hipnotiza a uno de los pacientes y le dice: «Ahora me voy. Cuando vuelva, usted saldrá a mi encuentro con mi paraguas abierto y lo mantendrá sobre mi cabeza.» Entonces el médico y sus ayudantes abandonan la sala. En cuanto vuelven, el paciente, que ya no se halla hipnotizado, lleva a cabo exactamente las instrucciones que se le dieron mientras estaba bajo hipnosis. EI médico le pregunta: «¿Qué está usted haciendo? ¿Qué significa esto?» El paciente queda claramente confundido. Hace alguna observación inoportuna, como: «Sólo pensé, doctor, que, como llueve afuera, usted abriría su paraguas en la sala antes de salir.» La explicación es evidentemente inadecuada y hecha en el apuro del momento para ofrecer algún motivo de su conducta sin sentido. Es evidente, para nosotros los espectadores, que ignora su real motivo. Sin embargo, nosotros sabemos cuál es, porque estábamos presentes cuando se le hizo la sugestión que ahora realiza, mientras que él nada sabe del acto que está en acción.

La cuestión de la relación del consciente con lo psíquico puede ser considerada ahora como establecida: la consciencia es sólo una cualidad o atributo de lo que es psíquico, pero una cualidad inconstante. Pero existe otra objeción que hemos de aclarar. Se nos dice que, a pesar de los hechos que hemos mencionado, no es necesario abandonar la identidad entre lo que es consciente y lo que es psíquico; los llamados procesos psíquicos inconscientes son los procesos orgánicos que desde hace tiempo se ha reconocido que corren paralelos a los procesos mentales. Esto, naturalmente, reduciría nuestro problema a una cuestión, aparentemente baladí, de definición. Nuestra respuesta es que estaría injustificado y sería impropio establecer una brecha en la unidad de la vida mental para lograr una definición, puesto que en cualquier caso está claro que la consciencia sólo puede ofrecernos una cadena incompleta y rota de fenómenos. Y sería una cuestión de suerte que hasta en el cambio hubiera sido hecho en la definición de lo psíquico, no resultara posible construir una teoría amplia y coherente de la vida mental.
Ni es necesario suponer que esta visión alternativa de lo psíquico sea una innovación debida al psicoanálisis. Un filósofo alemán, Theodor Lipps, afirmó con la mayor claridad que lo psíquico es en sí mismo inconsciente y que lo inconsciente es lo verdaderamente psíquico. El concepto del inconsciente ha estado desde hace tiempo llamando a las puertas de la psicología para que se le permitiera la entrada. La filosofía y la literatura han jugado con frecuencia con él, pero la ciencia no encontró cómo usarlo. El psicoanálisis ha aceptado el concepto, lo ha tomado en serio y le ha dado un contenido nuevo. Con sus investigaciones ha llegado a un conocimiento de las características de lo psíquico inconsciente que hasta ahora eran insospechadas y ha descubierto algunas de las leyes que lo gobiernan. Pero nada de esto implica que la calidad de ser consciente haya perdido su importancia para nosotros. Continúa siendo la luz que ilumina nuestro camino y nos lleva a través de la oscuridad de la vida mental. Como consecuencia del carácter especial de nuestros descubrimientos, nuestro trabajo científico en la psicología consistirá en traducir los procesos inconscientes en procesos conscientes, llenando así las lagunas de la percepción consciente…


«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total» 1.0 (versión electrónica)

viernes, 15 de junio de 2012

Carta de Freud


Viena, setiembre de 1932

Estimado profesor Einstein:


Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme a un intercambio de ideas sobre un tema que le interesaba y que le parecía digno del interés de los demás, lo acepté de buen grado. Esperaba que escogería un problema situado en la frontera de lo cognoscible hoy, y hacia el cual cada uno de nosotros, el físico y el psicólogo, pudieran abrirse una particular vía de acceso, de suerte que se encontraran en el mismo suelo viniendo de distintos lados. Luego me sorprendió usted con el problema planteado: qué puede hacerse para defender a los hombres de los estragos de la guerra. Primero me aterré bajo la impresión de mí -a punto estuve de decir «nuestra»- incompetencia, pues me pareció una tarea práctica que es resorte de los estadistas. Pero después comprendí que usted no me planteaba ese problema como investigador de la naturaleza y físico, sino como un filántropo que respondía a las sugerencias de la Liga de las Naciones en una acción semejante a la de Fridtjof Nansen, el explorador del Polo, cuando asumió la tarea de prestar auxilio a los hambrientos y a las víctimas sin techo de la Guerra Mundial. Recapacité entonces, advirtiendo que no se me invitaba a ofrecer propuestas prácticas, sino sólo a indicar el aspecto que cobra el problema de la prevención de las guerras para un abordaje psicológico.

Pero también sobre esto lo ha dicho usted casi todo en su carta. Me ha ganado el rumbo de barlovento, por así decir, pero de buena gana navegaré siguiendo su estela y me limitaré a corroborar todo cuanto usted expresa, procurando exponerlo más ampliamente según mi mejor saber -o conjeturar-.

Comienza usted con el nexo entre derecho y poder. Es ciertamente el punto de partida correcto para nuestra indagación. ¿Estoy autorizado a sustituir la palabra «poder» por «violencia» {«Gewalt»}, más dura y estridente? Derecho y violencia son hoy opuestos para nosotros. Es fácil mostrar que uno se desarrolló desde la otra, y si nos remontamos a los orígenes y pesquisamos cómo ocurrió eso la primera vez, la solución nos cae sin trabajo en las manos. Pero discúlpeme sí en lo que sigue cuento, como si fueran algo nuevo, cosas que todos saben y admiten; es la trabazón argumental la que me fuerza a ello.

Pues bien; los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en principio mediante la violencia. Así es en todo el reino animal, del que el hombre no debiera excluirse; en su caso se suman todavía conflictos de opiniones, que alcanzan hasta el máximo grado de la abstracción y parecen requerir de otra técnica para resolverse. Pero esa es una complicación tardía. Al comienzo, en una pequeña horda de seres humanos, era la fuerza muscular la que decidía a quién pertenecía algo o de quién debía hacerse la voluntad. La fuerza muscular se vio pronto aumentada y sustituida por el uso de instrumentos: vence quien tiene las mejores armas o las emplea con más destreza. Al introducirse las armas, ya la superioridad mental empieza a ocupar el lugar de la fuerza muscular bruta; el propósito último de la lucha sigue siendo el mismo: una de las partes, por el daño que reciba o por la paralización de sus fuerzas, será constreñida a deponer su reclamo o su antagonismo. Ello se conseguirá de la manera más radical cuando la violencia elimine duraderamente al contrincante, o sea, cuando lo mate. Esto tiene la doble ventaja de impedir que reinicie otra vez su oposición y de que su destino hará que otros se arredren de seguir su ejemplo. Además, la muerte del enemigo satisface una inclinación pulsional que habremos de mencionar más adelante. Es posible que este propósito de matar se vea contrariado por la consideración de que puede utilizarse al enemigo en servicios provechosos si, amedrentado, se lo deja con vida. Entonces la violencia se contentará con someterlo en vez de matarlo. Es el comienzo del respeto por la vida del enemigo, pero el triunfador tiene que contar en lo sucesivo con el acechante afán de venganza del vencido y así resignar una parte de su propia seguridad.

He ahí, pues, el estado originario, el imperio del poder más grande, de la violencia bruta o apoyada en el intelecto. Sabemos que este régimen se modificó en el curso del desarrollo, cierto camino llevó de la violencia al derecho. ¿Pero cuál camino? Uno solo, yo creo. Pasó a través del hecho de que la mayor fortaleza de uno podía ser compensada por la unión de varios débiles. «L'union fait la force». La violencia es quebrantada por la unión, y ahora el poder de estos unidos constituye el derecho en oposición a la violencia del único. Vemos que el derecho es el poder de una comunidad. Sigue siendo una violencia pronta a dirigirse contra cualquier individuo que le haga frente; trabaja con los mismos medios, persigue los mismos fines; la diferencia sólo reside, real y efectivamente, en que ya no es la violencia de un individuo la que se impone, sino la de la comunidad. Ahora bien, para que se consume ese paso de la violencia al nuevo derecho es preciso que se cumpla una condición psicológica. La unión de los muchos tiene que ser permanente, duradera. Nada se habría conseguido si se formara sólo a fin de combatir a un hiperpoderoso y se dispersara tras su doblegamiento. El próximo que se creyera más potente aspiraría de nuevo a un imperio violento y el juego se repetiría sin término. La comunidad debe ser conservada de manera permanente, debe organizarse, promulgar ordenanzas, prevenir las sublevaciones temidas, estatuir órganos que velen por la observancia de aquellas -de las leyes- y tengan a su cargo la ejecución de los actos de violencia acordes al derecho. En la admisión de tal comunidad de intereses se establecen entre los miembros de un grupo de hombres unidos ciertas ligazones de sentimiento, ciertos sentimientos comunitarios en que estriba su genuina fortaleza.

Opino que con ello ya está dado todo lo esencial: el doblegamiento de la violencia mediante el recurso de trasferir el poder a una unidad mayor que se mantiene cohesionada por ligazones de sentimiento entre sus miembros. Todo lo demás son aplicaciones de detalle y repeticiones. Las circunstancias son simples mientras la comunidad se compone sólo de un número de individuos de igual potencia. Las leyes de esa asociación determinan entonces la medida en que el individuo debe renunciar a la libertad personal de aplicar su fuerza como violencia, a fin de que sea posible una convivencia segura. Pero semejante estado de reposo {Ruhezustand} es concebible sólo en la teoría; en la realidad, la situación se complica por el hecho de que la comunidad incluye desde el comienzo elementos de poder desigual, varones y mujeres, padres e hijos, y pronto, a consecuencia de la guerra y el sometimiento, vencedores y vencidos, que se trasforman en amos y esclavos. Entonces el derecho de la comunidad se convierte en la expresión de las desiguales relaciones de poder que imperan en su seno; las leyes son hechas por los dominadores y para ellos, y son escasos los derechos concedidos a los sometidos. A partir de allí hay en la comunidad dos fuentes de movimiento en el derecho {Rechtsunruhe}, pero también de su desarrollo. En primer lugar, los intentos de ciertos individuos entre los dominadores para elevarse por encima de todas las limitaciones vigentes, vale decir, para retrogradar del imperio del derecho al de la violencia; y en segundo lugar, los continuos empeños de los oprimidos para procurarse más poder y ver reconocidos esos cambios en la ley, vale decir, para avanzar, al contrario, de un derecho desparejo a la igualdad de derecho. Esta última corriente se vuelve particularmente sustantiva cuando en el interior de la comunidad sobrevienen en efecto desplazamientos en las relaciones de poder, como puede suceder a consecuencia de variados factores históricos. El derecho puede entonces adecuarse poco a poco a las nuevas relaciones de poder, o, lo que es más frecuente, si la clase dominante no está dispuesta a dar razón de ese cambio, se llega a la sublevación, la guerra civil, esto es, a una cancelación temporaria del derecho y a nuevas confrontaciones de violencia tras cuyo desenlace se instituye un nuevo orden de derecho. Además, hay otra fuente de cambio del derecho, que sólo se exterioriza de manera pacífica: es la modificación cultural de los miembros de la comunidad; pero pertenece a un contexto que sólo más tarde podrá tomarse en cuenta.

Vemos, pues, que aun dentro de una unidad de derecho no fue posible evitar la tramitación violenta de los conflictos de intereses. Pero las relaciones de dependencia necesaria y de recíproca comunidad que derivan de la convivencia en un mismo territorio propician una terminación rápida de tales luchas, y bajo esas condiciones aumenta de continuo la probabilidad de soluciones pacíficas. Sin embargo, un vistazo a la historia humana nos muestra una serie incesante de conflictos entre un grupo social y otro o varios, entre unidades mayores y menores, municipios, comarcas, linajes, pueblos, reinos, que casi siempre se deciden mediante la confrontación de fuerzas en la guerra. Tales guerras desembocan en el pillaje o en el sometimiento total, la conquista de una de las partes. No es posible formular un juicio unitario sobre esas guerras de conquista. Muchas, como las de los mongoles y turcos, no aportaron sino infortunio; otras, por el contrarío, contribuyeron a la trasmudación de violencia en derecho, pues produjeron unidades mayores dentro de las cuales cesaba la posibilidad de emplear la violencia y un nuevo orden de derecho zanjaba los conflictos. Así, las conquistas romanas trajeron la preciosa pax romana para los pueblos del Mediterráneo. El gusto de los reyes franceses por el engrandecimiento creó una Francia floreciente, pacíficamente unida. Por paradójico que suene, habría que confesar que la guerra no sería un medio inapropiado para establecer la anhelada paz «eterna», ya que es capaz de crear aquellas unidades mayores dentro de las cuales una poderosa violencia central vuelve imposible ulteriores guerras. Empero, no es idónea para ello, pues los resultados de la conquista no suelen ser duraderos; las unidades recién creadas vuelven a disolverse las más de las veces debido a la deficiente cohesión de la parte unida mediante la violencia. Además, la conquista sólo ha podido crear hasta hoy uniones parciales, si bien de mayor extensión, cuyos conflictos suscitaron más que nunca la resolución violenta. Así, la consecuencia de todos esos empeños guerreros sólo ha sido que la humanidad permutara numerosas guerras pequeñas e incesantes por grandes guerras, infrecuentes, pero tanto más devastadoras.

Aplicado esto a nuestro presente, se llega al mismo resultado que usted obtuvo por un camino más corto. Una prevención segura de las guerras sólo es posible si los hombres acuerdan la institución de una violencia central encargada de entender en todos los conflictos de intereses. Evidentemente, se reúnen aquí dos exigencias: que se cree una instancia superior de esa índole y que se le otorgue el poder requerido. De nada valdría una cosa sin la otra. Ahora bien, la Liga de las Naciones se concibe como esa instancia, mas la otra condición no ha sido cumplida; ella no tiene un poder propio y sólo puede recibirlo sí los miembros de la nueva unión, los diferentes Estados, se lo traspasan. Por el momento parece haber pocas perspectivas de que ello ocurra. Pero se miraría incomprensivamente la institución de la Liga de las Naciones si no se supiera que estamos ante un ensayo pocas veces aventurado en la historia de la humanidad -o nunca hecho antes en esa escala-. Es el intento de conquistar la autoridad -es decir, el influjo obligatorio-, que de ordinario descansa en la posesión del poder, mediante la invocación de determinadas actitudes ideales. Hemos averiguado que son dos cosas las que mantienen cohesionada a una comunidad: la compulsión de la violencia y las ligazones de sentimiento -técnicamente se las llama identificaciones- entre sus miembros. Ausente uno de esos factores, es posible que el otro mantenga en pie a la comunidad. Desde luego, aquellas ideas sólo alcanzan predicamento cuando expresan importantes relaciones de comunidad entre los miembros. Cabe preguntar entonces por su fuerza. La historia enseña que de hecho han ejercido su efecto. Por ejemplo, la idea panhelénica, la conciencia de ser mejores que los bárbaros vecinos, que halló expresión tan vigorosa en las anfictionías, los oráculos y las olimpíadas, tuvo fuerza bastante para morigerar las costumbres guerreras entre los griegos, pero evidentemente no fue capaz de prevenir disputas bélicas entre las partículas del pueblo griego y ni siquiera para impedir que una ciudad o una liga de ciudades se aliara con el enemigo persa en detrimento de otra ciudad rival. Tampoco el sentimiento de comunidad en el cristianismo, a pesar de que era bastante poderoso, logró evitar que pequeñas y grandes ciudades cristianas del Renacimiento se procuraran la ayuda del Sultán en sus guerras recíprocas. Y por lo demás, en nuestra época no existe una idea a la que pudiera conferirse semejante autoridad unificadora. Es harto evidente que los ideales nacionales que hoy imperan en los pueblos los esfuerzan a una acción contraria. Ciertas personas predicen que sólo el triunfo universal de la mentalidad bolchevique podrá poner fin a las guerras, pero en todo caso estamos hoy muy lejos de esa meta y quizá se lo conseguiría sólo tras unas espantosas guerras civiles. Parece, pues, que el intento de sustituir un poder objetivo por el poder de las ideas está hoy condenado al fracaso. Se yerra en la cuenta si no se considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y todavía no puede prescindir de apoyarse en la violencia.

Ahora puedo pasar a comentar otra de sus tesis. Usted se asombra de que resulte tan fácil entusiasmar a los hombres con la guerra y, conjetura, algo debe de moverlos, una pulsión a odiar y aniquilar, que transija con ese azuzamiento. También en esto debo manifestarle mi total acuerdo. Creemos en la existencia de una pulsión de esa índole y justamente en los últimos años nos hemos empeñado en estudiar sus exteriorizaciones. ¿Me autoriza a exponerle, con este motivo, una parte de la doctrina de las pulsiones a que hemos arribado en el psicoanálisis tras muchos tanteos y vacilaciones?

Suponemos que las pulsiones del ser humano son sólo de dos clases: aquellas que quieren conservar y reunir -las llamamos eróticas, exactamente en el sentido de Eros en El banquete de Platón, o sexuales, con una conciente ampliación del concepto popular de sexualidad-, y otras que quieren destruir y matar; a estas últimas las reunimos bajo el título de pulsión de agresión o de destrucción. Como usted ve, no es sino la trasfiguración teórica de la universalmente conocida oposición entre amor y odio; esta quizá mantenga un nexo primordial con la polaridad entre atracción y repulsión, que desempeña un papel en la disciplina de usted. Ahora permítame que no introduzca demasiado rápido las valoraciones del bien y el mal. Cada una de estas pulsiones es tan indispensable como la otra; de las acciones conjugadas y contrarias de ambas surgen los fenómenos de la vida. Parece que nunca una pulsión perteneciente a una de esas clases puede actuar aislada; siempre está conectada -decimos: aleada- con cierto monto de la otra parte, que modifica su meta o en ciertas circunstancias es condición indispensable para alcanzarla. Así, la pulsión de autoconservación es sin duda de naturaleza erótica, pero justamente ella necesita disponer de la agresión si es que ha de conseguir su propósito. De igual modo, la pulsión de amor dirigida a objetos requiere un complemento de pulsión de apoderamiento si es que ha de tomar su objeto. La dificultad de aislar ambas variedades de pulsión en sus exteriorizaciones es lo que por tanto tiempo nos estorbó el discernirlas.

Si usted quiere dar conmigo otro paso le diré que las acciones humanas permiten entrever aún una complicación de otra índole. Rarísima vez la acción es obra de una única moción pulsional, que ya en sí y por sí debe estar compuesta de Eros y destrucción. En general confluyen para posibilitar la acción varios motivos edificados de esa misma manera. Ya lo sabía uno de sus colegas, un profesor Lichtenberg, quien en tiempos de nuestros clásicos enseñaba física en Gotinga; pero acaso fue más importante como psicólogo que como físico. Inventó la Rosa de los Motivos al decir: «Los móviles {Bewegungsgründe} por los que uno hace algo podrían ordenarse, pues, como los 32 rumbos de la Rosa de los Vientos, y sus nombres, formarse de modo semejante; por ejemplo, "pan-panfama" o "fama-famapan"». Entonces, cuando los hombres son exhortados a la guerra, puede que en ellos responda afirmativamente a ese llamado toda una serie ¿le motivos, nobles y vulgares, unos de los que se habla en voz alta y otros que se callan. No tenemos ocasión de desnudarlos todos. Por cierto que entre ellos se cuenta el placer de agredir y destruir; innumerables crueldades de la historia y de la vida cotidiana confirman su existencia y su intensidad. El entrelazamiento de esas aspiraciones destructivas con otras, eróticas e ideales, facilita desde luego su satisfacción. Muchas veces, cuando nos enteramos de los hechos crueles de la historia, tenemos la impresión de que los motivos ideales sólo sirvieron de pretexto a las apetencias destructivas; y otras veces, por ejemplo ante las crueldades de la Santa Inquisición, nos parece como si los motivos ideales se hubieran esforzado hacía adelante, hasta la conciencia, aportándoles los destructivos un refuerzo inconciente. Ambas cosas son posibles.

Tengo reparos en abusar de su interés, que se dirige a la prevención de las guerras, no a nuestras teorías. Pero querría demorarme todavía un instante en nuestra pulsión de destrucción, en modo alguno apreciada en toda su significatividad. Pues bien; con algún gasto de especulación hemos arribado a la concepción de que ella trabaja dentro de todo ser vivo y se afana en producir su descomposición, en reconducir la vida al estado de la materia inanimada. Merecería con toda seriedad el nombre de una pulsión de muerte, mientras que las pulsiones eróticas representan {repräsentieren} los afanes de la vida. La pulsión de muerte deviene pulsión de destrucción cuando es dirigida hacia afuera, hacia los objetos, con ayuda de órganos particulares. El ser vivo preserva su propia vida destruyendo la ajena, por así decir. Empero, una porción de la pulsión de muerte permanece activa en el interior del ser vivo, y hemos intentado deducir toda una serie de fenómenos normales y patológicos de esta interiorización de la pulsión destructiva. Y hasta hemos cometido la herejía de explicar la génesis de nuestra conciencia moral por esa vuelta de la agresión hacia adentro. Como usted habrá de advertir, en modo alguno será inocuo que ese proceso se consume en escala demasiado grande; ello es directamente nocivo, en tanto que la vuelta de esas fuerzas pulsionales hacia la destrucción en el mundo exterior aligera al ser vivo y no puede menos que ejercer un efecto benéfico sobre él. Sirva esto como disculpa biológica de todas las aspiraciones odiosas y peligrosas contra las que combatimos. Es preciso admitir que están más próximas a la naturaleza que nuestra resistencia a ellas, para la cual debemos hallar todavía una explicación. Acaso tenga usted la impresión de que nuestras teorías constituyen una suerte de mitología, y en tal caso ni siquiera una mitología alegre. Pero, ¿no desemboca toda ciencia natural en una mitología de esta índole? ¿Les va a ustedes de otro modo en la física hoy?

De lo anterior extraemos esta conclusión para nuestros fines inmediatos: no ofrece perspectiva ninguna pretender el desarraigo de las inclinaciones agresivas de los hombres. Dicen que en comarcas dichosas de la Tierra, donde la naturaleza brinda con prodigalidad al hombre todo cuanto le hace falta, existen estirpes cuya vida trascurre en la mansedumbre y desconocen la compulsión y la agresión. Difícil me resulta creerlo, me gustaría averiguar más acerca de esos dichosos. También los bolcheviques esperan hacer desaparecer la agresión entre los hombres asegurándoles la satisfacción de sus necesidades materiales y, en lo demás, estableciendo la igualdad entre los participantes de la comunidad. Yo lo considero una ilusión, Por ahora ponen el máximo cuidado en su armamento, y el odio a los extraños no es el menos intenso de los motivos con que promueven la cohesión de sus seguidores., Es claro que, como usted mismo puntualiza, no se trata de eliminar por completo la inclinación de los hombres a agredir; puede intentarse desviarla lo bastante para que no deba encontrar su expresión en la guerra.

Desde nuestra doctrina mitológica de las pulsiones hallamos fácilmente una fórmula sobre las vías indirectas para combatir la guerra. Si la aquiescencia a la guerra es un desborde de la pulsíón de destrucción, lo natural será apelar a su contraría, el Eros. Todo cuanto establezca ligazones de sentimiento entre los hombres no podrá menos que ejercer un efecto contrario a la guerra. Tales ligazones pueden ser de dos clases. En primer lugar, vínculos como los que se tienen con un objeto de amor, aunque sin metas sexuales. El psicoanálisis no tiene motivo para avergonzarse por hablar aquí de amor, pues la religión dice lo propio: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Ahora bien, es fácil demandarlo, pero difícil cumplirlo (ver nota). La otra clase de ligazón de sentimiento es la que se produce por identificación. Todo lo que establezca sustantivas relaciones de comunidad entre los hombres provocará esos sentimientos comunes, esas identificaciones. Sobre ellas descansa en buena parte el edificio de la sociedad humana.

Una queja de usted sobre el abuso de la autoridad me indica un segundo rumbo para la lucha indirecta contra la inclinación bélica. Es parte de la desigualdad innata y no eliminable entre los seres humanos que se separen en conductores y súbditos. Estos últimos constituyen la inmensa mayoría, necesitan de una autoridad que tome por ellos unas decisiones que las más de las veces acatarán incondicionalmente. En este punto habría que intervenir; debería ponerse mayor cuidado que hasta ahora en la educación de un estamento superior de hombres de pensamiento autónomo, que no puedan ser amedrentados y luchen por la verdad, sobre quienes recaería la conducción de las masas heterónomas. No hace falta demostrar que los abusos de los poderes del Estado {Staatsgewalt} y la prohibición de pensar decretada por la Iglesia no favorecen una generación así. Lo ideal sería, desde luego, una comunidad de hombres que hubieran sometido su vida pulsional a la dictadura de la razón. Ninguna otra cosa sería capaz de producir una unión más perfecta y resistente entre los hombres, aun renunciando a las ligazones de sentimiento entre ellos (ver nota). Pero con muchísima probabilidad es una esperanza utópica. Las otras vías de estorbo indirecto de la guerra son por cierto más transitables, pero no prometen un éxito rápido. No se piensa de buena gana en molinos de tan lenta molienda que uno podría morirse de hambre antes de recibir la harina.

Como usted ve, no se obtiene gran cosa pidiendo consejo sobre tareas prácticas urgentes al teórico alejado de la vida social. Lo mejor es empeñarse en cada caso por enfrentar el peligro con los medios que se tienen a mano. Sin embargo, me gustaría tratar todavía un problema que usted no planteó en su carta y que me interesa particularmente: ¿Por qué nos sublevamos tanto contra la guerra, usted y yo y tantos otros? ¿Por qué no la admitimos como una de las tantas penosas calamidades de la vida? Es que ella parece acorde a la naturaleza, bien fundada biológicamente y apenas evitable en la práctica. Que no le indigne a usted mi planteo. A los fines de una indagación como esta, acaso sea lícito ponerse la máscara de una superioridad que uno no posee realmente. La respuesta sería: porque todo hombre tiene derecho a su propia vida, porque la guerra aniquila promisorias vidas humanas, pone al individuo en situaciones indignas, lo compele a matar a otros, cosa que él no quiere, destruye preciosos valores materiales, productos del trabajo humano, y tantas cosas más. También, que la guerra en su forma actual ya no da oportunidad ninguna para cumplir el viejo ideal heroico, y que debido al perfeccionamiento de los medios de destrucción una guerra futura significaría el exterminio de uno de los contendientes o de ambos. Todo eso es cierto y parece tan indiscutible que sólo cabe asombrarse de que las guerras no se hayan desestimado ya por un convenio universal entre los hombres. Sin embargo, se puede poner en entredicho algunos de estos puntos. Es discutible que la comunidad no deba tener también un derecho sobre la vida del individuo; no es posible condenar todas las clases de guerra por igual; mientras existan reinos y naciones dispuestos a la aniquilación despiadada de otros, estos tienen que estar armados para la guerra. Pero pasemos con rapidez sobre todo eso, no es la discusión a que usted me ha invitado. Apunto a algo diferente; creo que la principal razón por la cual nos sublevamos contra la guerra es que no podemos hacer otra cosa. Somos pacifistas porque nos vemos precisados a serlo por razones orgánicas. Después nos resultará fácil justificar nuestra actitud mediante argumentos.

Esto no se comprende, claro está, sin explicación. Opino lo siguiente: Desde épocas inmemoriales se desenvuelve en la humanidad el proceso del desarrollo de la cultura. (Sé que otros prefieren llamarla «civilización».)  A este proceso debemos lo mejor que hemos llegado a ser y una buena parte de aquello a raíz de lo cual penamos. Sus ocasiones y comienzos son oscuros, su desenlace incierto, algunos de sus caracteres muy visibles. Acaso lleve a la extinción de la especie humana, pues perjudica la función sexual en más de una manera, y ya hoy las razas incultas y los estratos rezagados de la población se multiplican con mayor intensidad que los de elevada cultura. Quizás este proceso sea comparable con la domesticación de ciertas especies animales; es indudable que conlleva alteraciones corporales; pero el desarrollo de la cultura como un proceso orgánico de esa índole no ha pasado a ser todavía una representación familiar (ver nota). Las alteraciones psíquicas sobrevenidas con el proceso cultural son llamativas e indubitables. Consisten en un progresivo desplazamiento de las metas pulsionales y en una limitación de las mociones pulsionales. Sensaciones placenteras para nuestros ancestros se han vuelto para nosotros indiferentes o aun insoportables; el cambio de nuestros reclamos ideales éticos y estéticos reconoce fundamentos orgánicos. Entre los caracteres psicológicos de la cultura, dos parecen los más importantes: el fortalecimiento del intelecto, que empieza a gobernar a la vida pulsional, y la interiorización de la inclinación a agredir, con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas. Ahora bien, la guerra contradice de la manera más flagrante las actitudes psíquicas que nos impone el proceso cultural, y por eso nos vemos precisados a sublevarnos contra ella, lisa y llanamente no la soportamos más. La nuestra no es una mera repulsa intelectual y afectiva: es en nosotros, los pacifistas, una intolerancia constitucional, una idiosincrasia extrema, por así decir. Y hasta parece que los desmedros estéticos de la guerra no cuentan mucho menos para nuestra repulsa que sus crueldades.

¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que los otros también se vuelvan pacifistas? No es posible decirlo, pero acaso no sea una esperanza utópica que el influjo de esos dos factores, el de la actitud cultural y el de la justificada angustia ante los efectos de una guerra futura, haya de poner fin a las guerras en una época no lejana. Por qué caminos o rodeos, eso no podemos colegirlo. Entretanto tenemos derecho a decirnos: todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra .


Saludo a usted cordialmente, y le pido me disculpe si mi exposición lo ha desilusionado.


Sigmund Freud